Emilie: “El plan es que no hay plan”
Hay personas que construyen su camino siguiendo un mapa. Y hay otras que prefieren descubrirlo mientras avanzan. Emilie pertenece, sin duda, al segundo grupo.
Nacida en París, desde pequeña sintió que aquel lugar no era el suyo. Con los años, esa sensación se convirtió en una necesidad de explorar, conocer otras culturas y ponerse constantemente a prueba.
Madagascar, Colombia, Isla Reunión, Costa Rica… su vida se ha construido a base de viajes, proyectos, cambios y, sobre todo, mucha valentía.
Fotógrafa, marinera, creadora y eterna exploradora, Emilie está ahora inmersa en una nueva etapa: desarrollar su trabajo como fotógrafa de autora, lanzar su propia web y participar en proyectos donde la fotografía pueda servir para contar historias y dar visibilidad a causas que van más allá de la estética.
Hoy conocemos su historia, sus miedos, sus aprendizajes y esa filosofía que resume buena parte de su manera de entender la vida: “El plan es que no hay plan”.
Emily es francesa, nació y vivió en París con familia también procedente de España, concretamente de Valencia. Tiene 36 años.
La historia de Emilie no habla únicamente de viajes, fotografía o emprendimiento. Habla de una búsqueda constante: la de descubrir quién eres cuando te atreves a salir de lo conocido.
Cuando era pequeña no podía hacerlo, así que esperó a ser mayor de edad. A través de sus estudios encontró la manera de salir y en 2014 se fue a Madagascar. Lo que empezó como una práctica para terminar sus estudios acabó convirtiéndose en la puerta de entrada a un mundo completamente distinto.
Y a partir de ahí ya no paró.
Desde entonces ha vivido en Madagascar, Colombia, Isla Reunión y Costa Rica.
Estudié diseño y organización de proyectos culturales en Francia y me fui a Madagascar para realizar las prácticas. Este país me gustó tanto que ya me quedé a vivir allí.
En París había trabajado en un lugar donde se recuperaban edificios abandonados junto a colectivos artísticos. Entrábamos en espacios y los transformábamos creando actividades artísticas: Me gustaba muchísimo esa libertad de poder fusionar ideas, organizar personas creativas e inventar proyectos.
Monté un colectivo artístico que fusionaba las formas artísticas en una onda muy underground. Me uní a un grupo con el cual organizábamos espectáculos mientras yo tocaba el bajo en una banda, realizamos cortometrajes de autores… Siempre me ha gustado crear y probar cosas diferentes.
Sí. Terminé trabajando en un bar y restaurante que tenía mi pareja en la playa, y acabé construyendo yo misma un restaurante / bar.
En el sur de Madagascar, cualquier pequeña acción podía convertirse en un desafío.
Había que enfrentarse a situaciones que en el mundo occidental ni siquiera nos planteamos, porque estamos acostumbrados a tenerlo todo disponible, accesible y organizado. Si querías construir algo de cemento en Madagascar tenías que hacerlo tú mismo, literalmente, con una pala. No había máquinas. Todo era conseguir los materiales, pensar cómo hacerlo, construirlo y después trabajar allí.
Fue un proceso muy duro, pero me gustó muchísimo” Me proporcionaba una enorme sensación de libertad y estaba superorgullosa de lo que había sido capaz de construir.
Pero después de dos años me di cuenta de que la ilusión se estaba apagando. Lo que realmente me gustaba era la parte de concebir, crear cosas nuevas e imaginar con libertad. Una vez abierto el bar, vender alcohol todos los días me aburría muchísimo.
Al principio era un hobby, pensaba que no podía vivir de ello. Pero con los años fui viendo que cada vez me gustaba más y que a la gente también le gustaban mis fotografías.
Sí. Después de dos años me fui a Isla Reunión y allí me pilló el COVID.
Fue una etapa de unos dos años en la que necesitaba recuperarme y cuidarme. Había salido de Madagascar después de terminar mi relación de pareja y aquello supuso un duelo. Tuve que dejar atrás muchas proyecciones que tenía sobre mi vida y volver a reconstruirme.
Trabajaba como camarera, ahorraba dinero, caminaba mucho y nadaba en el mar. Llevaba una vida sencilla y tranquila, con un trabajo estable. Fue una etapa centrada en mí misma, en reencontrarme y volver a conectar conmigo, recuperar fuerzas y recargar energía para, llegado el momento, volver a lanzarme a ese mundo imprevisible y afrontar nuevos retos.
Y después llegó Colombia.
El desafío más grande que he tenido que superar es atravesar el miedo. Y creo que cada vez es más difícil porque siempre aparece otro.
Todo lo contrario. Compré un vuelo sin tener alojamiento y sin saber exactamente qué iba a encontrarme.
De hecho, compré el vuelo el día de mi cumpleaños. Fue como regalarme una nueva aventura.
Y ahí apareció un nuevo lema para mí: El plan es que no hay plan”. También era un reto personal: aprender a confiar en los demás y dejar de querer controlarlo todo.
La fotografía siempre ha estado presente en mi vida porque mi madre es fotógrafa.
De pequeña, recuerdo estar con ella revelando películas en el baño bajo aquella luz roja. También la acompañaba a conciertos de jazz porque ella está especializada en fotografía de jazz. Así que, de alguna manera, siempre he estado rodeada por la fotografía.
Es curioso porque durante mucho tiempo no quería dedicarme a la fotografía precisamente porque era lo que hacía mi madre. Tenía esa necesidad de hacer mi propia vida y ser diferente.
Pero cuando estuve en España conseguí una cámara y empecé a hacer fotografía digital. Era diferente a lo que hacía mi madre con la fotografía analógica y me gustó muchísimo.
Al principio era un hobby, pensaba que no podía vivir de ello. Pero con los años fui viendo que cada vez me gustaba más y que a la gente también le gustaban mis fotografías.
En Colombia elegí una forma de viajar muy diferente a unas vacaciones convencionales. No buscaba hoteles ni hacer turismo, sino conocer realmente el territorio y acercarme a las personas que lo habitaban.
Me alojaba en casas de personas que iba conociendo y compartía, de alguna manera, su día a día. Era una forma de viajar que me permitía descubrir el país desde dentro, a través de sus lugares y, sobre todo, de sus habitantes.
A cambio de su hospitalidad les hacía fotografías: retratos, imágenes de su trabajo, de sus quehaceres diarios… No sabía si aquello era realmente un trabajo o tan solo una manera diferente de viajar, pero me sentía mucho más cómoda y auténtica.
Además, la fotografía me daba una excusa para acercarme a la gente, hablar con ellos y conocer sus historias.
Sí. Durante mucho tiempo hubo una parte de mí que estaba huyendo de algo. De pequeña estaba enfadada con muchas cosas. Sentía que no me correspondía Francia, Europa, incluso por ser la hermana pequeña.
No diría que esta vida sea libertad. Es difícil estar sola, ser mujer, no tener una casa y no saber dónde vas a volver.
Pero luego descubres que nunca es suficiente.
Me gustaría participar en proyectos relacionados con causas humanas que me importan.
Ahora estoy en Colombia con un proyecto de dos meses y medio.
Hace unos tres años descubrí el mundo del mar, la navegación, y desde entonces también me interesa mucho esa parte.
A veces me siento perdida y pienso: “¿Qué hago? ¿Hacia dónde va todo esto? ¿Cuál es el rumbo?”.
Entonces me gustó mucho la idea de convertirme en una especie de fotógrafa marinera y quiero seguir formándome.
De hecho, fui a Marsella para formarme como marinera y conseguir mi certificación.
Allí ocurrió algo increíble: encontré una galería en el puerto de Marsella y me propusieron exponer mis fotografías.
Estuve cinco días exponiendo y aquella experiencia me transformó.
Me permitió entender mejor qué quería transmitir con mis fotografías, qué quería decir con ellas y adónde quería llegar.
Y, sobre todo, descubrí que me encantaba hablar con la gente y explicar por qué había hecho cada fotografía, contar mis viajes y compartir mis experiencias.
Fue uno de mis mejores momentos.
Estoy a punto de lanzar mi propia web como fotógrafa.
Quiero empezar a darme a conocer y desarrollar mi trabajo de autora.
Me está costando muchísimo elegir las fotografías que quiero poner en la web. Tengo un poco de bloqueo porque siempre pienso que podría hacerlo mejor.
Pero también estoy aprendiendo a verlo como un proceso liberador: aunque no sea perfecto, hay que sacar algo al mundo y empezar.
Quiero que la fotografía pueda servir para algo más que para crear una imagen bonita.
Me gustaría participar en proyectos relacionados con causas humanas que me importan.
Me interesan, por ejemplo, proyectos relacionados con los pueblos indígenas, problemas con los bosques, el agua o situaciones en las que las personas necesitan ayuda.
Me inspiran mucho los fotógrafos que utilizan su trabajo para contribuir a algo más grande que el propio arte.
Para mí, la fotografía puede servir como herramienta para contar esas historias.
Nunca es suficiente. Crucé el Pacífico y tampoco fue suficiente. Hago cosas y tampoco es suficiente. Es como una escalera sin fin.
Me he enfrentado a situaciones que en el mundo occidental ni siquiera nos planteamos
La incomodidad. Porque la incomodidad hace que tu zona de confort sea cada vez más grande.
Estás aprendiendo de forma constante y enfrentándote a situaciones y formas de hacer las cosas completamente distintas a las tuyas.
Es ese momento de pensar: “Guau, ¿y ahora qué hago?”.
Por ejemplo, nunca pensé que podría navegar porque me daba miedo el agua. Y después descubrí que ese miedo era, en gran parte, una fantasía.
Me enfrenté a él y me gustó.
No diría que esta vida sea libertad. Es difícil estar sola, ser mujer, no tener una casa y no saber dónde vas a volver.
Para mí es más una estimulación constante. Es una forma de descubrir quién soy y conocerme.
Madagascar.
Fue mi primer gran amor viajero. Era tan diferente de Europa que parecía estar en otro planeta.
Sentí que llegaba a un lugar en el que tenía que aprenderlo todo de nuevo: la cultura, la manera de pensar, las costumbres, las personas…
Me hizo sentir viva.
Cuando vuelvo a Europa siento que muchas cosas ya no me estimulan de la misma manera. Tengo la necesidad de volver a salir, aprender, sentir, oler, conocer personas y descubrir otras formas de vivir.
Lo que más me gusta de mi forma de vida es la incomididad. Porque la incomodidad hace que tu zona de confort sea cada vez más grande.
“Mi revolución”, de Cuatro Pesos de Propina.
Cacao puro 100 % negro.
En Europa me cuesta muchísimo encontrarlo como me gusta y es un alimento que necesito.
Cuando estoy con gente.
Hablando, compartiendo y contagiándome del entusiasmo de otras personas.
Atravesar el miedo. Y creo que cada vez es más difícil porque siempre aparece otro.
Pero también es un ejercicio: una vez, otra vez y otra vez.
Tengo miedo, pero voy.
Muy pocas.
De hecho, me gusta mucho esta pregunta porque en el proyecto artístico que estoy haciendo ahora me han hecho ver que no solo tengo que aparecer como fotógrafa, sino que también tengo que disfrutar.
Y ese es uno de mis retos actuales: aprender a disfrutar y relajarme un poco. Dejar a un lado esa presión constante por ser lista, superarme y demostrar cosas.
No es algo natural para mí, pero voy a probarlo.
Muchísimo. No veo mi camino sin mujeres.
He tenido amistades muy fuertes y ahora puedo mirar atrás y darme cuenta de cuánto me he apoyado en ellas y de cómo también me han empujado a seguir adelante.
Que empezara a disfrutar antes.
Lo primero que les diría es: lánzate.
Pero iría un poco más allá.
Habla de tu proyecto con las personas de tu entorno. Explícalo. Cuenta tus miedos. Comparte lo que quieres hacer.
Cuanto más lo compartes, más claro y real se vuelve.
Busca apoyo, motivación y personas con las que puedas hablar.
Muchas veces hay cosas que no te atreves a hacer, pero cuando las compartes empiezas a atreverte.
Incluso puede pasar que, después de hablar tanto de ello, llegue un momento en el que pienses: “Tengo que hacerlo”.
Porque ya lo has puesto en palabras, ya es real.
Y además, cuando todo el mundo sabe que quieres hacerlo, cuesta más echarse atrás.
Para mí, la fotografía es una herramienta para contar esas historias.
Estoy a punto de lanzar mi propia web como fotógrafa.
A vivir, no.
Nunca se sabe qué puede pasar y, evidentemente, quiero seguir visitando a mi familia, a mis abuelos y a mis amigos.
Pero cuando vuelvo me siento mal.
Hay una parte de esa forma de vida europea que rechazo y a la que no quiero volver.
Quizás la vida vuelva a sorprenderme, pero ahora mismo no lo imagino.
La historia de Emily no habla únicamente de viajes, fotografía o emprendimiento. Habla de una búsqueda constante: la de descubrir quién eres cuando te atreves a salir de lo conocido.
Ha construido restaurantes con sus propias manos, ha cruzado océanos, ha viajado sin alojamiento, ha convertido encuentros casuales en historias y ha aprendido a enfrentarse una y otra vez al miedo.
Ahora empieza una nueva etapa: la de dejar de esconder su trabajo y atreverse a mostrarlo al mundo.
Quizás todavía no sepa exactamente cuál es el rumbo.
Pero, como ella misma dice: “El plan es que no hay plan”
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